¡Cuantas cartas de amor te he escrito
en el aire!, mientras las hojas se escurren entre los instantes que
no volverán. Vos seguís tan distante, tan frío, que no hallo la
forma de acercarme... y sin embargo con sólo un gesto tuyo la
fortaleza se derrumbaría; y el castillo se vuelve a armar. Sí, pero
eso sucede sólo en el aire, donde lo intangible es posible, la
libertad es auténtica y el tiempo no juega a las matatenas. Vos lo
sabés y por ello te rehusás.
Esta vez, ni la valentía podría
salvarnos. La sangre lo ha impregnado todo; no queda espacio para
amar... y sin embargo sigo recordando lo que me prometiste.
¿Ignorabas quién eras? ¿Creíste, realmente, que podías darme
aquello que no tenías? ¡Que inocentes y tristes somos, cuando el
amor nos ata a la cama y nos hace amanecer de placer! ¡Cuan grande
nos creemos! Ingenuidad y arrogancia exhibida para amar. ¡Dios mío,
cuanta fealdad percibo!
A pesar de todo, no hay rencores que
recordar; si me hubiera ofendido, quizás entendería mejor. Mas el
amor no se marchita porque tú lo mandes.
Las mentiras nos han ahogado. Ahora que
estamos muertos, me pregunto ¿existirá una verdad que nos haga
resucitar?
Lejos, en otros mares, busco un alma
donde descansar.