Sueños que se trabajan y con la ayuda de todos, poco a poco se consiguen. Sueños que se cumplen; sueños que te enseñan a seguir soñando...
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A veces escribir actúa como válvula disparadora, tan fuerte es esto, que entro en estado de mutismo ante situaciones en las que deseo volcarme de lleno a las letras. Es una lástima. En verdad lo es.
Debería poder separar mejor mi personaje de mi ser, pero es que ya, perdida entre los dos, no sé cuál es cuál. A lo mejor unas vacaciones de ambas sería liberador, pero resulta que cada vez que lo intento sucede algo. Una vez mi personaje mi prometió quedarse en casa sin hacer mayores reclamos; pero al instante de hacer la maleta, llegó con sus sonrisa seductora y metió algunas ropas, eligió los zapatos que llevaríamos y hasta el perfume que usaría. Prendió un cigarro y permaneció en silencio. ¿Cómo decirle que no, a semejante acto de amor? Y ahí fui nuevamente: a llevarla conmigo. En otra ocasión, decidí que sólo iría ella, mi personaje, que seríamos excelentes amigas y la pasaríamos en exceso, pero resultó que me enteré y ¡me monté un berrinche de las mil ostias! Que cómo era posible que ella fuera y yo no, que al final qué onda, y tantas tonteras... sabíamos que detrás de esa pataleta se escondía la verdadera angustia, y comprendí el dolor que le causaba; sin más remedio que mi corazón enternecido desbordado de comprensión. Tomé su mano, limpié las lágrimas y sin más vueltas, subió al coche con nosotras.
Como digo, no es fácil ir con una y sin la otra. Más bien, imposible. Así que para este nuevo viaje, tomo las manos de ambas, aprieto fuerte y murmuro en su oído: Ahora sí las necesito. ¡Vamos a volar!; justo un micro segundo antes de dejar sentir el suelo debajo de mis pies y el vació en mis entrañas....

“La fantasía es el motor más fuerte de la sexualidad y el impulso que nos lleva a poder salir de nosotros mismos y compartir con el otro. Lo que nos trasporta a otro mundo y nos complace hasta hacernos sentir libres y completos; aunque sea sólo un instante”; escribí. Cerré mi compu y salí para su casa.
Me recibió vestido sólo con boxers; me gustó su apertura. Me besó apenas rozando mis labios y entré. Set completo me esperaba en el centro de la sala: una gran tela roja cubría la alfombra, velas alrededor ( no muy cercanas) formaban casi un círculo. La música y el incienso eran detalles infaltables. Me entregó una copa de champagne; “brindamos por la alegría de vivir”, dijo, mientras se terminaba de desnudar. Hacía calor. Se acercó a mí y me quitó los zapatos. Extendió su mano e hizo que me sentara en el centro del escenario. Toqué la tela: era látex. Quitó mi vestido sin ninguna dificultad. Me sentí halagada en aquella atmósfera. Quité mis bragas. Estuvimos un rato mirándonos a los ojos; descubriéndonos; brindamos en silencio; cómplices. Después, él sacó una botella pequeña de aceite. Al abrirla, el aroma a vainilla nos inundó. Roció una porción generosa sobre su pecho y la esparció. Se acercó hacia mí. Pidió que me recogiera el cabello; lo hice. Llenó sus manos de aceite y comenzó a desparramarlo sobre mi cuerpo, primero mi cuello y mis hombros, los brazos, las manos; luego mis pechos, mi cintura, mi ombligo hasta mi llegar a mi sexo y acariciarme, suave, dedicado; completo. Continuó por mis piernas y pies. Sus dedos se movían ágiles; la delgada línea entre masajes y carias me hacía temblar de placer. “por favor, voltéate”, dijo; lo hice. Humedeció mi espalda y siguió bajando, no hubo un solo rincón de mí que no estuviera cubierto. Él también se puso. Luego, se acostó a mi lado y me abrazó. Comenzó a deslizarse de arriba hacia a abajo, frotando su cuerpo contra el mío; untándome de él; rozándonos. Resbalábamos en el látex con una tersura inigualable. Sus piernas rodeaban las mías, su manos, su cuerpo. Yo me puse muy cachonda; la sensación de estar suspendida en el aire o flotando me parecía exquisita; Buscó mi sexo con su boca, como fruto jugoso que espera ser devorado; extasiada entré en espiral de mil sensaciones; me curvé de placer y él me siguió en mis ondulaciones; bailábamos la misma danza. El ritmo se acoplaba según los movimientos y gemidos de ambos; ¡súper rico!. Mis fantasías volaban; cuando él estuvo dentro de mi, miré sus ojos y me reconocí en ellos; sentí su sexo atravesándome y nuestros cuerpos se entrelazados girando sobre aquella tela, dándonos absoluta libertad. Yo escurría placer mezclado con mi néctar y sudor. ¡Una fiesta de placeres!


Hoy quiero besarte. Recorrer tus músculos con mi lengua. Sentir tu piel. Quiero apretar tus caderas y atarme a tu cintura. Enredarme. Quiero tu dulzura del principio y tu fuerza del final. Quiero tus manos recorriéndome. Deseo la habitación caliente de nosotros; sauna de sudor. Quiero tu aliento en mi rostro.
Ayúdame a desprender mis ataduras, para caer rendida en tu altar. Quítate tus prejuicios. No pretendas, sólo déjate ser. Llévame a tu mundo, dame la bienvenida. Penétrame en el instante que mi cuerpo se haya tensado de deseo. Quiero recibirte. Estréchame. No me sueltes cuando suspire; elévate conmigo. Mezcla tu respiración con la mía. Vuelve a penetrarme, entra completo en mis cavernas, lléname de ti. Escucha mis gemidos leves y compártelos. Besa ligeramente mi hombro. Trátame con delicadeza; sujétame firme. Envuélveme en tu sensualidad, quiero explorarte. Perderme. Laberíntica danza conduce mi deseo hasta llegar a ti. Enlaza nuestras manos; deja que suden. Vuelve a besarme. Hazme el amor; lígame a ti.
No me engañes. No te engañes. Dejemos un espacio en nuestras onírico en nuestras vidas.
Hay días que me levanto con mis deseos al máximo. Abro mis ojos y no puedo concentrarme en nada más que en mis infinitas ganas de tener una piel deliciosa a mi lado. En ocasiones sólo pretendo hacer desaparecer este impulso y me escondo debajo de las sábanas con la esperanza de volver a dormirme. Otras, sé perfectamente que mis planes de refugio no funcionarán, entonces dejo libre mi cuerpo, invento o recuerdo amantes, sueño fantasías; recurro a mis novios con pilas o simplemente me dejo ir con el calor de mis manos. Momentos intensos. Me encanta hacerlo. Conocerme, aprender a darme placer, saber lo que excita, es un arte. Me siento libre y a la vez esclava de mis apetitos voraces.
También aprendí que me deleitan los videos. Experimento dejando mi cámara en un punto fijo para que me filme. Por instantes parezco estar consciente de ella, y en otros me escapo por completo. Me complace desdoblarme; verme dentro y fuera de escena, con ojos propios o creando los ajenos. Observo la belleza de mi cuerpo; mi boca retorcida de placer; mis ojos que se entreabren y cierran, mis piernas temblando esperando recibir gozo. Algunos films son buenos, fantaseo con subirlos a la red. Me pone realmente cachonda pensar en los hombres y mujeres que pueden mirar y disfrutar de mi intimidad. Me excita la idea de exponerme. Estar desnuda frente todos, ser imaginada y deseada, suponer lo que les antoja conmigo y en sus vidas privada. También me apetece entrar en los chats de sexo en vivo y observar a las parejas en su esplendor máximo. Dejan su cámara web conectada y puedes ver lo que hacen sin restricciones. Algunos son excelentes; preparan su set con audio y fetiches: lencería , zapatos de aguja, disfraces de colegialas, esposas; una variación amplia como la imaginación misma. Al verlos mi voracidad explota; mi deseo se funde con ellos; anhelo el instante que yo haga lo mismo. Hace algunos días encontré dos parejas divinas; dignas de los mejores favores del Kamasutra; cuerpos preciosos, pero sobre todo libres en sus movimientos; voyerismo: unos de los máximos deleites de mi placer.
Los juegos son mi perdición, simplemente me encantan. Un amigo me lo dijo: “para ti el sexo no tiene ninguna importancia, si no le encuentras significación”. Es cierto. Ese día terminamos en la cama porque era domingo y sobre todo porque estaba deprimida; fue después de unos buenos “sexy ejercicios” que él se confesó. Es cierto. Un amigo puede darme una “excelente mano” en estos casos, pero no me es suficiente. Me falta un bomboncito; alguien que comparta conmigo la voracidad de mis impulsos; necesito un amante de verdad, de carne y hueso. Que pueda olerlo y extasiarme en su humor; bañar su cuerpo con mi crema favorita (sabor piña colada) y recorrerlo con mi lengua hasta devorarlo; que se extasíe en mi sexo y beba de mi néctar sin prisas ni ataduras; un hombre que sea mi cómplice, que esté dispuesto a volar. Alguien que no se asuste, pero que tampoco pierda de vista que soy una mujer y necesito algo más que sexo. Que una de sus máximas principales sea: “el deseo se despierta con buena conversación, caricias y miradas”. Un amante y un amigo, que comprenda que el reloj y los engaños son los principales enemigos del orgasmo. Un hombre que bese mi senos con la misma pasión que me cuenta un chiste; y encuentre en mi risa el preludio de mis gemidos.
Un regalo exquisito; espero que la vida pronto vuelva a entregarme.
Hace unos cuantos días que ando muda, con los dedos atados sin poder escribir un solo renglón. A veces me saturo del trabajo, de la vida diaria, de mi. Huyo a las esquinas dobladas a ver si me encuentro un alma solitaria, para esconderme otro poco. No ocurre. Esta mañana, como tantas otras, tomo café sola en mi cama. Hubiera deseado una compañía; alguien que me esperara de regreso a las sábanas tibias. Nadie. Silencio. Me pregunto si será eterna esta sensación. Abro mi máquina, trabajo de rutina; correos, prisas por entregas, archivos que no pasan, otros llegan; pienso. No tengo mucho tiempo por estas fechas, mi maquinaria de vivir está súper activada; sin pausa.
Quisiera sentir sus manos acariciándome, que en silencio me regalara besos. Deseo que alguien ahora rellenara mi taza con café caliente, humeante; que huela toda la casa a él, a mi, a esta mañana. Nada. Me levanto para hacerlo yo misma. Me agoto de mis caprichos.
¿Cuándo dejaré de tenerlos?. ¿Con leche? pregunto en voz bajita, tal vez yo misma logre contestarme. Sin leche, se ha terminado. La realidad respondió por mi.
Las mujeres no tenemos un símbolo sexual equivalente a lo que significan las prostitutas para los hombres. Es un hecho. No lo digo desde una posición moralizante, tampoco hago ésta división con pretensiones sexistas, sino que surge como la necesidad de encontrar un emblema semejante. ¡Claro! existen hombres dedicados a la pornografía (sex simbols, streeapers, latin lovers caza fortunas) que son capaces de volver loca hasta a la mujer más aseñorada; frívolos, cachondos, interesantes, arrivistas, seductores, inteligentes; existe una amplia gana, pero no le llegan ni a los tacones —rojos por cierto— de lo que representa la prostitución y el significado tan amplio que conlleva. Es sabido públicamente que es la profesión más antigua y que ellas han desempeñado un rol muy significativo en nuestra sociedad, a pesar de ser considerada (en la mayoría de los países, al menos de este lado del mundo) como una actividad fuera de la ley.
Sin alejarnos del punto de partida, las féminas de este planeta no tenemos este símbolo; es un hecho. Los motivos por lo cuales carecemos de esto pueden ser múltiples: la opresión con la que se ha manejado la sexualidad femenina desde hace miles de años; porque entendemos de forma diferente el amor y el sexo; por lo que fuere, no está presente. Me pregunto ¿qué hubiera pintado Toulouse Lautrec si hubiera sido mujer?, ¿dónde hubiera depositado la fuerza de su pincel? Los cabarets, las variedades, las interminables noches que pasan estas mujeres paradas en las esquinas esperando a sus clientes, tantas y cuántas más historias tenemos de ellas reflejadas en las bellas artes, en la poesía de Bukowsky, en la narrativa de Miller , en los films de Almodóvar. Musas de los grandes maestros, que han dedicado parte de su obra — o esta completa— a retratarlas, amarlas, vivir con y para ellas; ¿cuántos no han corrido a sus camas, bajo las sábanas sucias de hotel barato a llorar como niños sus más amargas penas? Las han sentido madres, amigas, amantes, hermanas. ¿Cuántas de ellas no han sido, o son hoy mismo, consejeras de artistas, políticos, directores, padres de familia, quebrados o sobresalientes? Esta idea romántica es la que me asalta al enfrentarme a las obras que abordan el tema y sin embargo a pesar de haber buscado un espejo de ellas, aunque sea un reflejo de lo que representan en el género masculino, me he quedado desolada. Cuando intenté escribir un poema pensando en dedicárselo a “ellos” no pude encontrar tan sólo el sinónimo para nombrarlos. ¡Ni hablar de los fetiches! “una minifalda justo abajo de las bragas rojas transparentes, medias de red con ligueros; un brassier que se cae con tan sólo jalar un hilito.” A cambio, ¿qué nos ofrecen a nosotras...? ¿una tanga de leopardo y unas botas vaqueras? ¡Que a su vez compartimos con el mundo gay! Pareciera que siguen siendo ellos solamente quienes imaginan fetiches. Mentira. Ustedes, mundo masculino, tienen mucha imaginación, no hay duda. Han “diseñado” un estilo de nosotras mismas, lo han hecho a imagen y semejanzas de sus propias fantasías sexuales; nosotras aún hemos confeccionado el nuestro. Quizás porque no tenemos los mismos intereses y jamás tendremos, pero —pienso— ¡que interesante hubiera sido! Más justo, tal vez. Digo todo esto con libertad, sin meterme de ninguna manera con la guerra de poder, que encierra tanto la prostitución como el sexo; es sólo por la belleza que este mundo despierta, la fascinación poética, la sordidez que nos explota sobre la cara; por el espejismo.
Sin duda todos somos parte, tanto los que las llaman prostitutas, o sexo servidoras, rameras, golfas, putas... (en algunos casos nefastos, al lado de la palabra madre/s) ¿Cómo negar que somos hijos de esto? El tema es inagotable; distintos puntos de vista, posiciones, perspectivas, sin embargo quedamos faltas de este modelo, huérfanas; a la deriva de las fantasías que seamos capaces de inventar.
